Coroné el puerto. Atrás quedaba el valle del Ebro con sus olivares y sus nieblas, y ante mí se abrían las llanuras del Duero, despejadas pero gélidas. El coche comenzó a bajar las rampas entre desnudas laderas grises y ventisqueros azotados por el viento del norte y vi una gasolinera a la entrada de una aldehuela que parecía desierta. Allí decidí parar porque no sabía cuándo podría repostar otra vez en aquel paraje desolado.
Me quedé helado con el grifo del surtidor en mi mano enrojecida por el frío y me di cuenta de que la cafetería de la gasolinera tenía un cartel escrito a mano en una ventana: “Hay caldo” Pensé que era una buena idea entrar y repostar yo mismo, así que dejé el auto por ahí cerca y entré. Olía a detergente y había una barra de bar limpia y desierta y, tras ella, una joven, casi una adolescente, que miraba absorta la programación matinal de un televisor. Le pedí un caldo calentito y un pincho de tortilla y me senté a esperar en una de las mesas. La chica entró en la cocina sin dirigirme ni una mirada.

