Noche de difuntos


Coroné el puerto. Atrás quedaba el valle del Ebro con sus olivares y sus nieblas, y ante mí se abrían las llanuras del Duero, despejadas pero gélidas. El coche comenzó a bajar las rampas entre desnudas laderas grises y ventisqueros azotados por el viento del norte y vi una gasolinera a la entrada de una aldehuela que parecía desierta. Allí decidí parar porque no sabía cuándo podría repostar otra vez en aquel paraje desolado.

Me quedé helado con el grifo del surtidor en mi mano enrojecida por el frío y me di cuenta de que la cafetería de la gasolinera tenía un cartel escrito a mano en una ventana: “Hay caldo” Pensé que era una buena idea entrar y repostar yo mismo, así que dejé el auto por ahí cerca y entré. Olía a detergente y había una barra de bar limpia y desierta y, tras ella, una joven, casi una adolescente, que miraba absorta la programación matinal de un televisor. Le pedí un caldo calentito y un pincho de tortilla y me senté a esperar en una de las mesas. La chica entró en la cocina sin dirigirme ni una mirada.

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La rosa negra

Publicado el

viernes, 1 de noviembre de 2013


Ésta de hoy siempre ha sido una noche de misterio y de muertos, de cuentos contados a la luz de la lumbre para meter miedo, la noche del mano a mano entre don Juan y el Comendador... Ni Hallowen ni porras, ésta es nuestra noche, disfrutémosla como lo hacíamos antaño:

El brigada Peciña se derrumbó sobre un montón de sacos cuando ya amanecía, hacia las ocho o las nueve de la mañana, con la moral carcomida por el agotamiento y la decepción, con la ropa blanca de sanitario manchada de sangre y el uniforme sudado hasta el hedor. A sus años, con cuatro misiones internacionales sobre las espaldas y orgulloso como estaba de ser legionario, el amargo gusto de la derrota le agarrotó la garganta y a punto estuvo de hacerle brotar las lágrimas.

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Un cuento de miedo

Publicado el

miércoles, 31 de octubre de 2012