Ambos guerreros se miraron sin rencor, con nobleza, como correspondía a dos luchadores de su estirpe. A un lado, el de la espada, alto, esbelto y de porte noble, desenfundó su arma tirando suavemente de la empuñadura que colgaba de la espalda. El acero frío, de un negro profundo por el que serpenteaban suaves vetas azuladas, lanzó un destello amenazante desde su filo.
Enfrente, el otro, bajo hasta poco más de un metro, pero rechoncho y fornido, balanceaba su maza de guerra, una gruesa vara de madera de roble con una cabeza metálica rodeada de aguzadas aristas y remaches dorados, interpretando al desafiante, y por tanto habiendo empuñado primero el arma. Miró de reojo el cuello de su oponente y vio su objetivo, la placa iridiscente grabada con misteriosas runas cuyos legendarios poderes le habían obligado a atravesar desiertos y pantanos durante un año entero, el tesoro por el que había pasado hambre, frío, miedo, ira y frustración durante tantos meses.
Enfrente, el otro, bajo hasta poco más de un metro, pero rechoncho y fornido, balanceaba su maza de guerra, una gruesa vara de madera de roble con una cabeza metálica rodeada de aguzadas aristas y remaches dorados, interpretando al desafiante, y por tanto habiendo empuñado primero el arma. Miró de reojo el cuello de su oponente y vio su objetivo, la placa iridiscente grabada con misteriosas runas cuyos legendarios poderes le habían obligado a atravesar desiertos y pantanos durante un año entero, el tesoro por el que había pasado hambre, frío, miedo, ira y frustración durante tantos meses.


