El joven cazador se frotó los ojos con sus entumecidas manos. Llevaba horas intentando atisbar entre la ventisca, sin éxito, alguna señal de los hombres que le perseguían desde hacía una luna. Esta vez se había alejado más de lo normal en busca de presas, internándose, sin querer, en su territorio.

La escasez de recursos y el crudo invierno le habían jugado una mala pasada que ahora estaba pagando con creces. Él y su hermano llevaban días rastreando una manada de ciervos que migraba hacia el norte a través del escarpado terreno que componía el páramo. Tras dar con ellos, consiguieron abatir dos piezas de tamaño considerable, que servirían de alimento a la tribu durante varios soles, y lo más importante, sin resultar heridos.

El éxito del lance solo se había visto empañado por la rotura de su lanza, que había quedado reducida a astillas al impactar contra el hueso del cuello del ciervo más grande. Alegres y satisfechos, comenzaron a preparar ambas piezas para su transporte, y estaban acabando cuando fueron sorprendidos por un pequeño grupo de enemigos que reclamaban las presas entre fieros aspavientos y gruñido.

A pesar de ser bravos guerreros, nada pudieron hacer contra la superioridad física y numérica de sus adversarios. En pocos segundos su hermano yacía en el suelo con la cabeza destrozada y él huía precipitadamente con el ciervo más liviano sobre los hombros, en un desesperado intento por salvar la vida y proteger del hambre a los suyos.

Los acontecimientos posteriores de agolpaban es su cabeza de forma caótica. A pesar del gran lastre que llevaba como podía sobre sus espaldas, había sido capaz de dar esquinazo a sus perseguidores en varias ocasiones, pero estos siempre volvían a encontrar su rastro. Siguió huyendo durante lo que quedaba del día y la noche siguiente, y casi al alba, agotado y al límite de sus fuerzas, había encontrado un resquicio entre unas rocas elevadas. La ventajosa posición le permitía vigilar los alrededores sin ser visto y el único acceso era un estrecho y traicionero sendero que podría servir de tumba a quien intentara atravesarlo, si encontraba lo que necesitaba para defenderlo.

Caminar en la ventisca, al borde del desfallecimiento, quedaba descartado. Entre aquellas melladas piedras plantaría su última resistencia. Jadeante y de rodillas, rogó a los espíritus fuerza y determinación para afrontar la dura prueba que le aguardaba mientras acariciaba con sus rudos y ennegrecidos dedos el collar que padre le entregó antes de morir.

¡Un movimiento! Pudo divisar entre los gruesos copos de nieve dos corpulentas figuras avanzando de forma lenta pero decidida. Instintivamente alargó su temblorosa mano hacia lo que quedaba de su lanza maldiciendo la velocidad que se habían dado sus enemigos y no haber encontrado lo que seguía buscando. Podía olerlos.

Con un gesto brusco arrancó una de las cuernas del animal que yacía a su pies, delatando su posición pero ganando la iniciativa en la precipitada emboscada. Surgió de la nada blanca y gris que suponía el improvisado refugio, alzó sobre su cabeza la pieza y la lanzó con fuerza contra la figura más cercana, que desequilibrada por el impacto, perdió pie para caer al vacío junto a la comida de media tribu, profiriendo un espeluznante alarido de desesperación que se ahogó bajo el grito de un demonio armado con un asta de ciervo, que parecía una manada de lobos mientras avanzaba como una furia hacia la figura que quedaba en el sendero, para quedar prendida en el aire al recibir el impacto de la gruesa maza de su enemigo.

Vio manadas de ciervos atravesando un campo verde bajo un cielo lleno de nubes que lo atravesaban rápido. Vio un riachuelo de aguas cristalinas y sintió ganas de beber para evitar el sabor metálico que tenía en la garganta... Vio una sombra erguida sobre su cuerpo y percibió el sonido siseante que hace la madera cuando revuelve el aire... Giró la cabeza para escuchar un trueno en su oreja derecha mientras sus manos trazaban un arco con lo que quedaba de su comida... Notó una pesada losa que le aprisionaba el pecho, y todo se volvió negro.

Despertó cuando las luces del amanecer y el silencio bañaban las rocas y los cuervos graznaban a su alrededor. Se quitó a su enemigo de encima, tenía la garganta en carne viva y los ojos todavía abiertos aunque una cuenca vacía. Había tenido suerte, le había servido de abrigo a pesar de que le hubiera regado de sangre, y había sido él quien había recibido los primeros picotazos. El horizonte anunciaba otra ventisca o incluso una tormenta. La primera no tardó en llegar.

Solo, entumecido y hambriento, el cazador contemplaba el cuerpo de su enemigo y buscaba el rastro de los otros. La espera iba a ser larga. Tal vez demasiado larga.

De Edad de Piedra.

Edad de piedra

Publicado el

jueves, 8 de septiembre de 2011

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5 Comments
Jose Tellaetxe Isusi [AK-47] dijo...

Qué poca gente por aquí, ¿no? XDDDDDD

Jose

PD: Soberbio, Alberto, sencillamente soberbio. Todavía tengo a la espalda la piel de oso que me he puesto para leer la entrada ;)

alberto_orco dijo...

Dale un buen mordisco a la pata asada que tienes en la mano, apura el cuenco y sigue oteando el horizonte.

Volverán las manadas, seguro.

;)

Jose Tellaetxe Isusi [AK-47] dijo...

Ahora no puedo con la pata, me acabo de tomar el colacao XDDDDDDD

Un abrazote

Jose

Avatar dijo...

Estoy deseando ver este juego editado como Herr Doktor manda :p

A ver lo que tardan los escocidos en sentar cátedra XD XD

Alberto, un fuera de serie, como siempre ;)

Abe dijo...

¡¡¡Marchaaando una de mamut... a la piedra, por supuesto!!!

Es fabuloso. Fabuloso.