Cualquier diccionario te dirá que una ciudad es un «conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas...» ¡Mentira!
Una ciudad es infinitamente más que eso. Una ciudad es la plasmación sólida de la conciencia colectiva, su estrés, sus pasiones y vicios, su caos inherente y la única ley que entiende el ser humano sin sacar el pecho de la dignidad que sólo él mismo cree tener: la del más fuerte. No he mencionado en la receta el término virtudes, y no pienso hacerlo, porque las virtudes son como el rocío en medio de un incendio: poético, pero inútil. En definitiva, una ciudad es un ser vivo, una costra arraigada en la tierra, decidida a consumirlo todo de raíz a medida que crece y crece en su gula autocomplaciente y dibuja nubes artificiales para asegurarse que ni el aire escapa de su brutal dominio. Si aún no eres asmático, créeme, alguno de tus descendientes lo será, y pronto.


