«La esperanza vuelve peligroso a un hombre acorralado
Rafi Eitan. Coronel del Mossad.

Uno de los problemas que más tiempo nos ha llevado resolver en el entorno de Mutantes en la Sombra (3ª Edición, of course!), ha sido la inevitable permeabilidad que existe entre los diferentes Servicios M.

Siempre se puede atrapar a un zelote (mutante libre), avasallarlo, torturarlo o casi aniquilarlo psíquicamente, pero si se pretende que sea eficaz en el terreno, tras demostrar el infinito poder de quien lo tiene cautivo, éste debe convencerlo, o en caso contrario se verá obligado a desplegar a su alrededor un equipo humano que tarde o temprano pondrá en riesgo la misión que le haya encomendado.

Convencer a un tipo tan especial como un M, pasa inevitablemente por conocerle y saber de qué pie cojea. Si el agente, masculino o femenino, oculta por ejemplo, alguna debilidad en su carácter o muestra alguna oscura mácula en su vida social (adicción al juego, a las drogas, al sexo; o es extremadamente familiar, etcétera), seguro que será convencido pronto, asegurando su exclusividad a un Servicio M cualquiera sin necesidad de firmar ningún modelo de contrato.

Hará lo que le pidan aunque tenga que vender a su madre, sin chistar, y siempre estará dispuesto a cumplir los deseos de quienes sujetan su correa como si se creyese uno de los suyos. Eso es «malo» en Mutantes porque un ingrediente así es previsible para cualquier Servicio M y por supuesto para sus rivales, lo que sin duda evitará molestias... hasta que el individuo en cuestión resulte prescindible, claro.


Así las cosas, «lo bueno» o deseable en Mutantes, será interpretar a Personajes que no oculten sus grietas ni sus debilidades, seres humanos que tras el proceso de reeducación, aunque en apariencia rendidos, parecerán más inteligentes y peligrosos que antes, especímenes M que sin duda resultarán células letales que lo mismo serán imprescindibles para las agencias en las que militen, que atraerán la mirada y los tentáculos de sus enemigos.

No se pueden poner puertas al campo, pero aunque resuelto, seguimos trabajando en ello...

«Igor Tsvietaiev se despertó sobresaltado. Marina murmuró algo sin dejar de dormir, acostumbrada a las continuas pesadillas de su marido. Igor miró el reloj de pulsera que descansaba en la mesilla, hacía un frío de mil demonios en aquella madrugada de Kíev. Se levantó, alargándose las perneras de los calzoncillos largos hasta que le cubrieron los tobillos; se alzó los calcetines de lana y se puso las zapatillas de felpa, después se cubrió con el abrigo que descansaba en el perchero de la habitación contigua. Avanzó lentamente hasta sentarse junto a la ventana y miró a lo lejos, a través de las sombras que dibujaban la ciudad en el horizonte negro, escuchando mentalmente por si oía algo más. Durante un buen rato no pudo dejar de observar la oscuridad que dominaba la gran ciudad, esperando escuchar algo, como si su interlocutor hubiera callado por un momento y fuera necesario seguir alerta hasta conseguir oírlo de nuevo.


Tsvietaiev tenía un aspecto nada apropiado para su rango de oficial del GK ex-soviético. No era mutante, pero su amigo sí, y estaba seguro de que había recibido un aviso mientras dormía. Siguió allí, frente a la ventana, parado, durante unos minutos más, hasta que la certeza se fue concretando. Ajmàtov era un buen hombre, leal y noble con los amigos, buen contendiente para los enemigos; resultaba difícil concebir que pudiera haberle pasado algo, y sin embargo él sentía que sí, y lo notaba con amargura. Se conocieron en una misión en Sudán unos años antes de que Katerina se fuera definitivamente de su lado. La extraña amistad nacida entre los dos hombres había durado diez largos años, diez años de servicio y de dudas en el engranaje, y pensaba en pretérito pues era consciente de que a Mijaíl Ajmàtov le había ocurrido algo. 

La lealtad y amistad que le había dispensado aquel hombre de rubios cabellos y ojos grises era lo único que le quedaba en el recuerdo y lo único bueno que había encontrado entre la mierda del aparato demoledor de los servicios especiales de la vieja Unión Soviética, que destrozaban a sus agentes como a sus enemigos, sin remilgos ni distingos, y que había acabado relegándole a él a un oscuro despacho, perdido y sin ningún sentido, lejos de los centros de decisión de Moscú.

Su mirada seguía vagando de forma incierta entre los inumerables edificios grises de Kíev y suplicó hacia lo alto, como le había enseñado su madre, para que a Mijaíl sólo lo hubieran capturado, mientras juraba que cuidaría de su cachorro. A primera hora hablaría con Petrov y comenzaría la loca carrera que habría de llevarle hasta el lugar donde Mijaíl había enterrado a su hijo, lejos de las fauces de los investigadores y científicos que anegaban los laboratorios secretos de Kalinin y Kishiniov.

Marina, levantada y envuelta en una rancia bata de compuesto acrílico, se acercó por la espalda y le puso enfrente una humeante taza de café cubano —el café y los cigarrillos Camel que descansaban en el alféizar de la ventana constituían uno de los pocos beneficios a los que tenía derecho un oficial del Servicio M de la CEI, el resto formaba parte del ponzoñoso fango de pobreza que engullía a la patria desde hacía demasiado tiempo—. Agradeció a su esposa su desvelo y tras atraparle cariñosamente las manos entre las suyas, le dijo sereno:

—Salgo mañana hacia París.»

El contrato de exclusiva

Publicado el

martes, 30 de abril de 2013

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4 Comments
Deka Black dijo...

Si hay algo que siempre me ha gustado de Mutantes es una palabra: verosimil. Creible, vaya, demasiado creible inclus.

Jokin Martínez dijo...

Me parece que tenemos la mente en rapport. No os voy a contar -de momento- lo que estoy escribiendo.

Omar El Kashef dijo...

Cuenta, cuenta!!

Jokin Martínez dijo...

Me refiero a los métodos de "convencer" de los Servicios M.