El interés del ser humano por extender su poder y dominación es tan antiguo como su propia historia sobre el planeta. Herederas de este virus propio de la inteligencia más atávica, la soberbia y la sinrazón también alimentaban los sueños de grandeza de los protagonistas de Veragua, hombres blancos europeos que posaron sus pies sobre las tierras vírgenes de la recién descubierta América, con la noble intención de apropiarse de ellas y sus gentes, en todos los sentidos.

«Aunque las costas de Norteamérica ya habían sido recorridas por navegantes europeos antes de acabar el siglo XV (expediciones de Juan Caboto en 1497, por cuenta de Inglaterra) siguió siendo un territorio virgen al norte del actual México hasta casi un siglo más tarde, cuando los calvinistas franceses se asentaron en la Florida (y fueron expulsados por Menéndez de Avilés) y cuando los ingleses exploraron Virginia.

Hacia el este, había una costa baja y peligrosa en la que se alternaban las marismas infestadas de mosquitos y lagartos (el primitivo nombre que se dio a los caimanes, de ahí alligator) y los parajes desérticos. Llegados al fondo del Golfo de México, el paisaje es claramente árido y tanto más cuanto más se internaban los exploradores en el país. Sólo Álvar Núñez Cabeza de Vaca se atrevió a recorrer ese país tras haber naufragado en el golfo de México, intentando comerciar con los nativos.


Hacia el sur están las tierras del moderno México, desiertos hacia el norte y selvas hacia el sur. En ellas se asientan belicosas tribus y uno de los enemigos más peligrosos que los españoles habían de afrontar en sus conquistas, los aztecas. El país de México está recorrido como por una espina dorsal por dos cadenas montañosas que corren paralelas por su centro, de sur a norte y crean un altiplano de tierras volcánicas, fértiles y un poco más frescas.

Estas cordilleras se prolongan hacia el norte, separando el desierto norteamericano, al este, de las templadas y más húmedas tierras de la costa pacífica. En estos territorios, montuosos y desérticos tomará su asiento todo un imaginario de ciudades imposibles, países llenos de oro y riquezas y míticos reinos que hasta muchos siglos más tarde seguirán atrayendo a aventureros, soldados, colonos y exploradores: Cibola, California y Eldorado serán sólo algunos de los nombres que los recién llegados pondrán a sus sueños de oro y poder.

En este país, decíamos, se va a acabar constituyendo el rico y poderoso virreinato de Nueva España, pero sólo cuando Cortés conquiste a los aztecas y someta al resto de pueblos indígenas. En la costa oriental, el principal puerto estará en la ciudad de Veracruz, a la que llegarán las naos y galeones que antes habrán hecho escala en La Habana o Santo Domingo y en la costa occidental el puerto de Acapulco, del que saldrán los galeones con rumbo a las Filipinas.


Al sur, una constelación de pueblos y tribus indígenas se alternan entre las selvas, oscilando desde los bárbaros y salvajes indios del Darién, cerca de la importante ciudad de Panamá, y las ciudades mayas del Yucatán y Guatemala, cargadas de historia y cultura, pero en franco declive desde siglos antes.

La principal de las ciudades de Nueva España es México, la antigua Tenochtitlán azteca, asentada sobre un lago de escaso fondo, a cientos de leguas de ambas costas americanas pero excelentemente conectada a través de las ciudades portuarias de Veracruz, al este, sobre el Golfo de México, y Acapulco, al oeste, en el Océano Pacífico, término del galeón que anualmente hacía la travesía hasta las Filipinas.»

De Veragua.

Jugando en los campos del Señor

Publicado el

lunes, 22 de abril de 2013

Etiquetas

,

2 Comments
Deka Black dijo...

Y recien llegados, los inocente sjugadores, claro... esto promete.

Pablo Pazos dijo...

Tiene una pintaza cojonuda... Atentos estaremos a las proximas entradas al respeto.