Ahora que puedo ver lo ocurrido con algo de distancia, me sorprende no haber caído en la cuenta de las abundantes señales que preludiaron el suceso y que pasé por alto, atribuyéndolas inconscientemente a una forzada falta de descanso que me estaba pasando factura.

La noche anterior apenas había dormido, así que, por decirlo lisa y llanamente, no me encontraba en la mejor de las disposiciones como para encarar una larga permanencia en aquella pequeña sala de espera, saturada de pacientes con ganas de escapar (bajo un calor sofocante y pegajoso, que reinaba sobre lo divino y humano por la ineficacia del sistema de acondicionamiento ambiental, o por la negligencia de quien lo puso en marcha sin tener en cuenta que estábamos en pleno verano), y menos para permanecer de pie, luego, en el interior de una sala de curas que apestaba a antiséptico por los cuatro costados.

Trabajo demasiado, ¡qué le vamos a hacer! El cansancio y la falta de sueño suelen estar asociados, comúnmente, a determinados estados de conciencia... digamos que poco habituales o ligeramente alterados; pero cuando concurren, además, circunstancias como las descritas, se forma un caldo de cultivo óptimo para que situaciones como las que se desarrollaron a mi alrededor se desatasen —sin la intervención de alucinógenos, lo juro—, y que por su falta de lógica e intensidad habrían tenido perfecta cabida en un libro de W. Burroughs o de Hunter S. Thompson.

Todo ocurrió en el servicio ambulatorio de traumatología de un hospital cuyo nombre he preferido olvidar, porque ni en mis peores pesadillas recuerdo haber sentido tan nítidamente estar asistiendo a un solapamiento de dos realidades diferentes, sin poder hacer nada por evitarlo. Mencionándolo trato de decir que conviene que aceptemos que me encontraba físicamente en un sitio concreto y reconocible (la sala de curas), definido por sus paredes, muebles, ficheros, techo y suelo ajedrezado; por un abundante reparto de caras doloridas, vendajes, cabestrillos, muletas, sillas de ruedas; y por el consabido repertorio de batas verdes, rosas o azules, y blancas, que suelen abundar en este tipo de departamentos hospitalarios. Pues bien, admitido esto, tengo que jurar que sin mediar una causa que lo justificase, en el mismo espacio que ocupaba el lugar que acabo de describir se fue sugiriendo otro, de arquitectura más vieja, alto, oscuro y lóbrego, que flotaba, y que avanzaba en mi dirección, engulléndome, ganando en nitidez y densidad mientras desplazaba todo rastro del primero.

He hablado al principio de señales, y vaya si las hubo. La primera ocurrió en la sala de espera, donde me asaltó una repentina sensación de vértigo, acompañada por una clara variación cromática hacia el rojo que afectaba a mi campo visual periférico, lo que me hizo temer estar sufriendo una de mis habituales lipotimias (soy hipotenso). La segunda tuvo lugar en el pasillo, adonde me trasladé buscando un poco de aire fresco y algo de espacio donde estirar las piernas. En ello estaba cuando me encontré de pronto hipnotizado por una pequeña burbuja que navegaba bajo la desconchada superficie pintada de la pared. Si me llamó poderosamente la atención su sola existencia, aún me atrajo más su aparente capacidad para trasladarse distorsionando todo cuanto encontraba a su paso (marcos, imágenes, textos, indicadores, etcétera), hasta que desapareció sin dejar rastro.

En aquel instante me asusté, llegando incluso a pensar en abandonar el hospital, pero no llegué a hacerlo porque el nombre de mi esposa acababa de ser escupido con voz anodina y timbre metálico a través del sistema interno de megafonía.

De vuelta a la sala de espera, sucedería la tercera. Allí estaba, de pie, silenciosa y quieta donde no había estado nunca. No, no había estado nunca porque de haberlo hecho, o de haberme cruzado con ella en mi corto paseo hasta y por el pasillo, habría reparado en su aspecto desaliñado, en la lividez de su cara, en sus ojos enrojecidos rodeados de oscuras ojeras, en su pelo alborotado y sucio, en su camisón blanco atado a la espalda, en que estaba descalza, y en que parecía conocerme, porque juraría que había susurrado por dos veces mi nombre de pila en el breve intervalo en que intercambiamos nuestras miradas.

Vale que aquel era el momento idóneo para salir zumbando sin mirar a mi espalda, y que lo desperdicié como un auténtico capullo, pero qué quieres que te diga, le eché la culpa a no haber desayunado, al calor, a qué se yo qué. Soy consciente de que la mayoría de nosotros conoce a uno de esos tipos que son capaces de aguarte la fiesta contando que vieron u oyeron algo extraño mientras velaban a un familiar o amigo enfermo; y de que los periódicos, cada cierto tiempo (por suerte no todos los días), se hacen eco de la inexplicable desaparición de alguien a quien vieron entrar en un hospital pero del que nunca más se supo. Reconozco que nunca había dado crédito a este tipo de comentarios, entre otras razones porque desde niño he sentido un miedo reverencial e irrefrenable a permanecer demasiado tiempo en el interior de cualquier institución sanitaria, a perderme por sus pasillos, habitaciones o dependencias, o a no saber encontrar la salida...

A lo que iba, que ya puedo oírlos.

Quien quiera que seas. Admitiendo y respetando tu derecho a tomar lo que he contado como mejor te apetezca, espero sinceramente, y por tu bien, que no seas tan iluso como para no hacer caso. Con este pedazo de papel, escrito aceleradamente en la penumbra del vano de una escalera, sólo intento prevenir a quien pueda o quiera leerlo, de que hay algo vivo y horrendo que se alimenta del dolor de los mortales, y que habita en el interior de los hospitales. Así que si aprecias en algo tu vida y cordura, mantente alejado de ellos, o procura entrar bien armado.


Introducción a SSHospital, en la versión publicada en Diario de un Fusil de Asalto en julio de 2008.

SSHospital

Publicado el

viernes, 1 de octubre de 2010

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7 Comments
Bulldozzzer dijo...

Sin duda es una noticia estupenda saber que Ludotecnia está en marcha.

Ánimos y a ver cuando podemos tener SS Hospital en las manos.

:)

Ludotecnia dijo...

Buldozzzer ;) Ya tocaba, porque la verdad es que nos estábamos quedando enmohecidos y no hay nada como dar aviso de que se zarpa, para que a todo el mundo se le aclaren las ideas XDDDDDDDDD

Un abrazote

Jose

PD: Hoy estoy de guardia cubriendo los comentarios XDDDDD

Manu "Strawdog" dijo...

Un relato muy evocador. Siempre me han gustado las introducciones de este tipo para los juegos, porque te sumergen en seguida en la historia.

Tiene muuuuy buena pinta.

Ludotecnia dijo...

Manu ;) Soltaremos más pildoritas, para ir creando ambiente XDDDDDD

Un abrazote

Jose

Bulldozzzer dijo...

Bueno no lo he dicho, pero tal y como define Manu este tipo de relatos es lo que va haciendo entrar en atmósfera y coger ese rollete

Está bien que te anuncies Jose XD, así tras la fachada corporativa sabemos algo más.

Pd: El webmasteo, o lo que es lo mismo, la respuesta de emails ¿también está incluido?

AK-47 dijo...

Buenas noches ;)

Bulldozzzer ;) Ése es el puntito Ludotecnia XDDDDDD Y sí que entra bien :P

¡Ay, amigo! La fachada corporativa se nos puede acabar yendo al carajo como nos decuidemos, y es que ni queriendo podemos dejar de ser una banda de anarquistas que van por libre XDDDDDDD

Me toca hacer guardia porque esta semana se ha trabajado de lo lindo y esta tarde, en un arranque de generosidad, se me ha ocurrido pedirme el webmasteo XDDDDDD

Ando ahora mismo intentando poner al día el Diario de AK y Nürbu, que los tengo un poquito abandonados y hay que dejarlos en orden de revista, y vigilando de paso la nueva criatura :P

Pero tiempo al tiempo, el webmaster se irá haciendo cargo de sus deberes poco a poco, y poco a poco nos desenvolveremos con mayor soltura ;)

Un abrazote, compañero ;)

Jose

Avatar dijo...

Me encanta esa introducción. Sobre todo el pasaje del vano de la escalera. Muy evocador, muy vivo. Estoy deseando leer el resto del libro.