Como siempre, Anatoli, antiguo maestro de una escuela rural, está solo en su despacho. Realmente es un hueco excavado en la pared de la mina al que han añadido una puerta, varias bombillas y el mobiliario digno del despacho de su director. Está de pie frente a su escritorio. Nunca da la espalda a la puerta. Lo quiere ver venir todo. Sin alzar la vista de los papeles que se desparraman sobre su mesa, me hace un gesto para que me adelante. Anatoli me respeta. Soy de los pocos a los que admite en su despacho sin que antes hayan especificado la razón de su audiencia. Vaya, un rey enterrado en el corazón de una montaña… Qué literario… Sé que es así porque desde que estoy aquí han respirado tranquilos por primera vez en mucho tiempo. Y yo recibo comida, cobijo y sexo, que es muchísimo más de lo que la mayoría pueden decir. Soy un privilegiado, pero estoy a punto de tomar una decisión que borrará de un plumazo mi particular paraíso terrenal. Y es que sobrevivir a veces no lo es todo.

—Creíamos que ya no volverías —me dice, apurando una mirada por encima de sus viejos anteojos.

Habla un inglés perfecto, quizá un poco enrarecido con el acento de la Irlanda en la que pasó su juventud. El viejo profesor de escuela siempre habla en plural, como si fuese el paladín de una causa defendida por muchos. He visto a muchos hombres flirtear con la locura gracias a detalles como éste. Sé que Anatoli, detrás de ese aspecto de abuelo Gepetto es peligroso. Según desde donde se le mire, parece un anciano o una monstruosidad. La guerra se le llevó parte de la cara. Los huesos del cráneo se hicieron papila cuando un Coloso de los rojos irrumpió en su refugio. Al menos allí habían llegado los ingenios más revolucionarios en cuanto a medicina de reconstrucción, un campo que había sufrido un enorme progreso gracias a la guerra. El problema es que a nadie le dio tiempo a mejorar el concepto estético. El cuarto superior izquierdo del cráneo de Gepetto era de una aleación similar al acero, pero más ligera. La piel y el cuero cabelludo se interrumpían allí donde había recibido la mortal herida para dar paso a una lustrosa superficie metálica, remachada con clavos como un mecanismo de fábrica. El ojo, maltrecho después del incidente, estaba detrás de una lente óptica que adulteraba su aspecto más allá de lo que la guerra lo había menoscabado. Eso inspiraba temor a sus enemigos.

—Qué mentiroso eres, Anatoli. Sabes que nunca me marcharía sin mis cosas —respondo. Siempre espero que un Pinocho con implantes salga de alguna esquina.

—Sabes mejor que yo que no es bueno salir. Hay ahí fuera miles de razones por las que un día podrías no volver, y todas ellas están por encima de tu voluntad.

Está claro que no me quiere lejos de su feudo. De alguna manera ha conseguido amasar la lealtad de todos esos pobres diablos. Quizá por su indiscutible carisma, o porque sabe vender mejor que nadie esperanza a los desesperados. Y yo le he dado lo que le faltaba: seguridad y capacidad defensiva. Lo malo es que, a ojos suyos, soy un mercenario que pronto habrá que domesticar. Ya se me ha insinuado que adiestre a alguno de los suyos a pilotar el Titán. Estoy seguro de que al día siguiente de graduar a los nuevos pilotos me despertaría con cierta, llamémosla, sensación de vacío de cuello para arriba. Después de tanto tiempo de lidiar con las amenazas a base de fuerza bruta, se agradece un poco de ajedrez mental.

Me encojo de hombros mientras observo el meticuloso orden que reina en su escritorio tan digno como desconchado. A la izquierda se alinean al menos una docena de puntas de carbón meticulosamente afiladas a la espera de ser consumidas por su mano. En el centro dos pilas de papel reciclado de alguna manera. Veo que aquí el papel se cotiza tanto como la tortillería, el abrigo, el calzado o la sal. Tomo nota. Anatoli insiste en plasmar, negro sobre blanco, sus memorias. «Un testimonio para la Historia» se empeña en llamarlo él. A veces pienso que es su forma de negar la evidencia. Seamos honestos: si de aquí a un lustro nace algún niño en este mundo de Dios, lo más probable es que no sepa leer, no porque sus padres no quieran transmitirle el noble arte de descifrar el pensamiento escrito, sino porque habrá prioridades mucho más acuciantes. Sobrevivir, reconocer una amenaza, cazar, recolectar, encender un fuego… Lo mismo que hacían nuestros antepasados en un tiempo que, desde la modernidad, se antoja tosco y bárbaro. Pero ahora, los contadores se han puesto a cero, y vuelta a lo mismo. Pierde el tiempo.

—Me han dicho que has encontrado algo. —Las noticias vuelan. Admiro a este monstruo de Frankenstein siberiano por su capacidad de autodominio. Me juego el cuello a que sabe lo que su hija me hace cuando no está dormida a mi lado. Y míralo. Frío, despegado, pragmático.


Del proyecto «Vendimia roja» [Ironclad code].

Las noticias vuelan

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viernes, 10 de junio de 2011

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3 Comments
Jose Tellaetxe Isusi [AK-47] dijo...

Lo siento, Omar, pero escribir así debería ser considerado delito XDDDD

Un abrazote

Jose

alberto_orco dijo...

El texto completo es una locura, en serio.

Omar El Kashef dijo...

Qué malos sois... ¿Ahora cómo me voy a meter yo con la editorial sin generarme un sentimiento de culpa?

Pero os quiero, aunque seáis putas al servicio de una editorial fantasma ;)