Desde el 2 de octubre hemos cerrado la boca en este blog y en la página oficial de Ludotecnia, para abrirla la noche de difuntos, guardar descanso y reponer fuerzas durante este pasado fin de semana, y retomar nuestro contacto con vosotros ayer mismo.

No ha sido un ejercicio fácil, no os voy a mentir. Estamos metidos en plena campaña de Navidades y el asunto puede pasarnos factura —que seguramente lo hará en cuanto cierre estas líneas—, pero sinceramente creo que ha merecido la pena porque nadie nos podrá acusar ahora de torpedear ningún proyecto, ni mucho menos de tratar de poner la zancadilla a nadie, aunque habrá más de uno que seguirá tildándonos de «envidiosos» en base a no sabemos qué argumentos.

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También sois mecenas

Publicado el

martes, 5 de noviembre de 2013

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Cuando el sol se acuesta sobre el desierto y los escorpiones salen de caza, a varios metros bajo la roca y la arena o en el interior de una pirámide, una hilera de teas se abre paso a través de la antesala del misterio. Pasillos estrechos y silenciosos donde cada esquina puede ser una trampa, van tragando lentamente el pequeño grupo de sombras que por ellos transitan...

El hipogeo, la tumba, es un engaño arquitectónico. Sus entrañas han sido dibujadas para atrapar indeseables, ladrones furtivos o incluso incautos que soñaron que podían cambiar su fortuna tentando a la parca, pero aún así hay quien lo intenta en la actualidad, quien lo intentará en el futuro y quien lo intentó hace milenios, cuando el magnetismo del tesoro y las riquezas ocultas resultaban un hechizo potente y solo al alcance de los más valientes, porque aunque sumamente peligroso era capaz de cambiar el signo de la suerte.

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Saqueadores de tumbas por una tarde

Publicado el

lunes, 4 de noviembre de 2013

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Coroné el puerto. Atrás quedaba el valle del Ebro con sus olivares y sus nieblas, y ante mí se abrían las llanuras del Duero, despejadas pero gélidas. El coche comenzó a bajar las rampas entre desnudas laderas grises y ventisqueros azotados por el viento del norte y vi una gasolinera a la entrada de una aldehuela que parecía desierta. Allí decidí parar porque no sabía cuándo podría repostar otra vez en aquel paraje desolado.

Me quedé helado con el grifo del surtidor en mi mano enrojecida por el frío y me di cuenta de que la cafetería de la gasolinera tenía un cartel escrito a mano en una ventana: “Hay caldo” Pensé que era una buena idea entrar y repostar yo mismo, así que dejé el auto por ahí cerca y entré. Olía a detergente y había una barra de bar limpia y desierta y, tras ella, una joven, casi una adolescente, que miraba absorta la programación matinal de un televisor. Le pedí un caldo calentito y un pincho de tortilla y me senté a esperar en una de las mesas. La chica entró en la cocina sin dirigirme ni una mirada.

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La rosa negra

Publicado el

viernes, 1 de noviembre de 2013